“¿Por qué no?”

IMG_4002“Pero, ¿por qué?” Esa es la pregunta favorita de los niños pequeños. Aunque no tengo niños, sé que esa es una pregunta clásica porque he cuidado varios niños en mi tiempo. Y me da gracia, porque cuando le contestas uno de sus “porqués”, después te preguntan el porqué del porqué. Aunque esto nos da gracia, creo que muestra la condición humana de que conforme vamos creciendo, los porqués infantiles de un niño se van tornando a unos porqués reclamadores de un adulto. En estas pasadas semanas esa ha sido la pregunta que más he pensado y hablado dado a mis circunstancias. Pasa algo y lo primero que pienso es “¿por qué?” Y aunque yo sé que a Dios no le molesta mis preguntas y sé que a él no le molestaría contestarme, entiendo que no siempre la pregunta puede ser, “¿por qué?”, sino, “¿por qué no?” ¿Por qué no soportar diversas pruebas? ¿Por qué no sufrir, padecer o esperar? Las pruebas, sufrimientos y la espera nos purifican y nos fortalecen en nuestro caminar cristiano. Y aunque quizás algunas de estas pruebas parecen injusticias causadas por otros hacia nosotros, son permitidas por Dios para crear carácter en nosotros o para mostrarnos áreas en donde posiblemente no confiamos en Él. Entonces, vuelvo a la pregunta, ¿por qué no? Santiago 1 dice que nos debemos considerar dichosos cuando tengamos que enfrentarnos a diversas pruebas ya que éstas producen constancia y fortalecen nuestra fe (Santiago 1:2-3). De igual manera, Romanos dice que nos regocijemos en nuestros sufrimientos porque estos producen perseverancia, carácter y esperanza (Romanos 5:2-5). Pero caramba, ¡es que nosotros somos tan buenos y tan lindos que no merecemos padecer! Pero a lo contrario, si Jesús sufrió, ¿por qué no yo también? La meta de Dios es hacernos más como Cristo, pues entonces para que preguntarnos ¿por qué esto o por qué aquello?, mejor es preguntarnos ¿Señor, por qué no; qué quieres producir en mí? Que Dios nos ayude a no impedir Su obrar; que nos purifique, limpie y libre de todo aquello que nos impide seguirle y adorarle en Espíritu y en verdad.

Antes de finalizar este post me gustaría incluir un pasaje de Hebreos 12:1-13. El pasaje habla de la disciplina del Señor. Y aunque posiblemente nuestros padecimientos no tienen que ver nada con algún pecado escondido, sino porque Dios está tratando de producir algo en nosotros, podemos encontrar aliento en estos versículos.

También noten que Hebreos 12:1 comienza con las palabras “por tanto.” Esto significa que este pensamiento está ligado al pasaje anterior. Y ¿cuál es el pasaje anterior? Hebreos 11 habla de las diversas pruebas que experimentaron diferentes hombres de la Biblia y de la forma que fueron consolados. Que esto fortalezca nuestra fe al ver que otros padecieron, pero corrieron la carrera y llegaron a la meta. Pues por esto, nosotros tenemos esperanza también.

Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo. En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre. Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige: ‘Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo.’ Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, aunque nuestros padres humanos nos disciplinaban, los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus, para que vivamos? En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella. Por tanto, renueven las fuerzas de sus manos cansadas y de sus rodillas debilitadas. ‘Hagan sendas derechas para sus pies’, para que la pierna coja no se disloque sino que se sane.

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