¡Quejas, quejas, quejas!

Tengo que admitirlo. Últimamente la queja ha estado en mis labios. Me he quejado por las cosas más mínimas. Me he quejado por los pisos de mi apartamento, la alfombra fea y por la bañera que arduamente tengo que limpiar casi todos los días porque si no, ¡se ve mugrosa! Quejas, quejas, quejas. Pero a la misma vez, Dios ha sido muy misericordioso conmigo en este tiempo. Me ha estado enseñando que cuando yo me quejo de cualquier cosa, no sólo me estoy quejando de lo que tengo o lo que no tengo, si no que me estoy quejando de Dios. Así que no sólo me quejo ante Dios sino que me quejo de él. Cuando yo digo, “Estoy loca por cambiar de trabajo. No sé porque no he podido conseguir otra cosa,” en realidad la queja que estoy levantando es “¿Porqué me tienes en esta situación, Señor, y porqué no me complaces y me das lo que quiero?” Todo lo que nosotros decimos o pensamos refleja lo que nosotros decimos y pensamos de Dios. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en la Biblia. Créanlo o no, Juan el Bautista, aunque fue un gran profeta, se quejó de Dios. Leemos en Juan 1 que Juan el Bautista fue el que anunciaba la venida de Cristo. Hasta le decía a los sacerdotes, fariseos y levitas que él no era digno de desatar las sandalias de Jesús (Juan 1:26-27). Y la Biblia nos cuenta que cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús, vio una paloma descender sobre él y escuchó la voz de Dios afirmando que ese era su hijo. Vamos a darle “fast forward” a la historia. Jesús comienza su ministerio y Juan cae preso bajo el reinado de Herodes. Un día Juan le envió unos mensajeros a Jesús para hacerle la pregunta siguiente, “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?” (Lucas 7:20). ¿Pero porqué estaba Juan haciéndole esta pregunta? Él sabía que Jesús era el hijo de Dios. Predicó acerca de él y hasta escuchó del mismo Dios. Pero Juan estaba pasando por una crisis y no podía entender porque Jesús, sabiendo por lo que él estaba padeciendo, no lo había librado de la mano de Herodes. Entonces la pregunta, aunque parece sencilla, tiene un mensaje escondido. Juan estaba diciendo, “¿Jesús, si sabes que estoy padeciendo porque no me sacas de esto?” Era una queja directa a Dios. Pero es normal que el ser humano se queje. Y creo que para el cristiano a veces las quejas se agravan porque estamos bajo la impresión que el ser cristianos = bendiciones. Y sí, tenemos grandes bendiciones cuando somos cristianos, pero muchas de estas bendiciones son eternas y no temporales. No se reservan para esta tierra. Pero la vida de un cristiano debería ser caracterizada por el gozo, el amor y el agradecimiento. Yo pienso que muchas veces caminamos como si no tuviésemos esperanza. Ponemos nuestros ojos en la situación presente y consideramos por poco que hemos sido salvados, que hemos derrotado la muerte juntamente con Cristo y que nos espera una vida eterna en el cielo. Así que te exhorto a que la próxima vez que tu boca vaya a dar una queja, no olvides de quién en realidad te estás quejando. Cambia ese lamento por una alabanza. Cuando el enemigo quiera hacerte consciente de lo malo o lo que no tienes, proclama lo bueno que es Dios. ¡Anímate hermano cristiano!

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