Ingratitud

Pecados Respetables…ese es el título del libro que estoy leyendo en estos momentos. Antes de comprarlo, yo sabía que, como decimos en Puerto Rico, “me iba a caer agüita.” Para los que no entienden bien ese refrán, lo que significa es que lo que vas a escuchar, ¡te va a aplicar a ti! ¡Y así ha sido! Y eso… sólo voy por la mitad del libro, por el capítulo en Ingratitud. Para comenzar el capítulo, el autor menciona la historia en Lucas 17:11-19 que nos cuenta de los diez leprosos que tan pronto vieron a Jesús, le gritaron “¡Jesús, Maestro! ¡Ten misericordia de nosotros!” Jesús los mira y les dice que se presentaran a los sacerdotes (ya que los sacerdotes eran los que podían declarar a una persona limpia de la lepra). Y mientras iban de camino, fueron sanados de su lepra. Y de los diez, sólo uno regresó y se tiró a los pies de Jesús a darle las gracias. Jesús pregunta por los otros nueve, ya que ninguno había regresado para mostrar su gratitud. Entonces Jesús le dice a este samaritano que se levantara y se fuera porque su fe lo había sanado. Cuando yo leo esta historia en Lucas siempre pienso lo malagradecidos que fueron esos leprosos. ¿Cómo es posible que hayas tenido una enfermedad tan terrible e incurable, quedas sanado en un par de segundos, y no puedes dar gracias? Pero lo interesante es que nosotros somos como esos nueve leprosos en nuestro diario vivir. ¿Cuántas veces le damos gracias a Dios por su salvación? O, ¿cuántas veces le damos gracias a Dios por permitirnos levantarnos por la mañana, por proveernos comida, aliento, un carro o transportación, un trabajo, ropa, salud? Yo sé que yo he sido culpable de no darle gracias a Dios por ninguna de esas cosas. Es más, me quejo por lo que no tengo y si tengo algo no muestro mi agradecimiento como debería ser. Pero Dios me ha estado enseñando poco a poco que aunque todos somos como los nueve leprosos que no regresaron a dar gracias, podemos poner en práctica lo que hizo el único leproso que vino a dar gracias. Y eso es, que todos los días nos levantemos con la palabra “gracias” en nuestros labios. Creo que voy a terminar este post con una cita del autor. Creo que esto nos ayudará a ver como podemos tener un corazón de gratitud en un mundo que se caracteriza por la ingratitud.

 La mayoría de las personas que leen este libro reconocen que todo lo que tienen proviene de Dios, ¿pero cuán a menudo damos un alto para darle gracias a Él? Al final de un día laboral en tu profesión  o trabajo, ¿tomas el tiempo para decir, “Gracias, Padre Celestial, por darme la destreza, habilidad, y salud para hacer mi trabajo en el día de hoy”? ¿Alguna vez, físicamente o mentalmente, vas por tu casa, mirando tus muebles e otros artículos de decoración y dices a Dios, “Todo en la casa y la comida en la alacena y el carro (o carros) en el camino de entrada son regalos Tuyos. Gracias por tu provisión gratuita y generosa.” Y si todavía eres un estudiante, ¿alguna vez le das gracias a Dios por la habilidad intelectual y provisión financiera que te permite prepararte para tu vocación futura? Cuando das gracias a la hora de comer, ¿es rutinaria o superficial, o es una expresión de corazón tu gratitud a Dios por Su provisión continua en todas tus necesidades físicas?

¡Ayúdanos Señor a ser agradecidos y caer rendidos a tus pies ante todas las bendiciones que nos has dado!