El siervo despiadado

La Biblia nos cuenta una historia de un señor que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al hacerlo, se encontró con un siervo que le debía miles y miles de monedas de oro. Cuando el siervo no pudo pagar su deuda, el señor le dice que lo vendería a él, su familia y todas sus posesiones hasta que todo fuese pagado. El siervo le pide al señor paciencia y tiempo. Pero el señor tomó compasión del siervo y perdonó su deuda. Al salir del lugar, el siervo cuya deuda fue perdonada se encuentra con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata, y mientras lo estrangulaba, le exigía el pago de las cien monedas. El compañero pidió paciencia, más él siervo lo echó en la cárcel. Esta noticia llegó a los oídos del señor, quien después entrega al siervo despiadado a los carceleros hasta que pagara su deuda. ¡Qué historia poderosa! Primeramente, nos enseña que nosotros debemos tener misericordia con nuestro prójimo. También nos enseña que la deuda que tenga nuestro prójimo con nosotros es nada en comparación con la deuda que nosotros tenemos ante el Señor. La cien monedas que nos debe nuestro prójimo no se compara con las miles y miles de monedas de oro que le debemos al Señor. Pero otra enseñanza que podemos encontrar en esta historia es la falta del siervo al no reconocer la gracia que se le había extendido.  La suma de dinero que debía el siervo despiadado era tan grande, que ninguna paciencia o tiempo sería suficiente para pagar su deuda. Si este hubiese entendido eso,  su respuesta hubiese sido el declararse en bancarrota y haber pedido misericordia. Pero al pedir tiempo, este siervo ignorantemente pensaba que por sus fuerzas podía pagar su propia deuda. Por esa razón, cuando salió de la presencia del señor y se encontró con su compañero, fue despiadado. Al no ver la gracia que se le había extendido a él, no pudo extender gracia a otros. ¿Cómo se refleja esto en nuestra propia vida? Cuando nosotros llegamos a los pies de Dios, vemos que somos personas en bancarrota. No hay nada que nosotros podemos hacer para ganar el favor de Dios. Pero Dios ha tomado compasión con nosotros y nos envió a su Hijo para pagar la deuda de nuestro pecado. Ahora podemos disfrutar de una gracia abundante, en donde encontramos el favor de Dios no por nuestras obras, sino por la obra de Cristo. Pero si pensamos que de la forma que podemos pagar nuestra deuda es a través de nuestro esfuerzo y obras, no veremos la cruz de Cristo como gracia extendida a nosotros. Y no podremos ser misericordiosos con otros, porque como nos consideramos “buenos,” esperamos que otros sean buenos cuando se relacionan con nosotros. Que nunca olvidemos que ante nuestro Señor nosotros debemos declararnos en bancarrota. Es sólo por su gracia que podemos venir ante él porque nuestras obras no nos pueden recomendar. Y que no olvidemos que la misma gracia que fue extendida hacia nosotros, fue extendida hacia nuestro prójimo. Que el Señor nos enseñe a ser misericordiosos con todos.

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