Ante el trono celestial

Hoy día desperté con esta canción. ¡Cuánto deseo que el Señor venga ya!

~Ante el trono celestial
Él intercede hoy por mí
Gran Sacerdote es Jesús
Quien por siempre vivirá
Y en sus manos por su amor
Mi nombre ya grabado está
Y mientras en el cielo esté
Nadie de Él me apartará
Nadie de Él me apartará
~Cuando he caído en tentación
De sentir condenación
Al ver al cielo encontraré
Al inocente quien murió
Y por su muerte el Salvador
Ya mi pecado perdonó
Pues Dios el justo aceptó
Su sacrificio hecho por mí
Su sacrificio hecho por mí
~He aquí el Cordero Redentor
Quien al morir resucitó
El inmutable gran Yo Soy
El Rey de gloria y majestad
Unido a Él no moriré
Pues con Su sangre me compró
Mi vida escondida está
En Cristo Dios y Salvador
En Cristo Dios y Salvador

El siervo despiadado

La Biblia nos cuenta una historia de un señor que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al hacerlo, se encontró con un siervo que le debía miles y miles de monedas de oro. Cuando el siervo no pudo pagar su deuda, el señor le dice que lo vendería a él, su familia y todas sus posesiones hasta que todo fuese pagado. El siervo le pide al señor paciencia y tiempo. Pero el señor tomó compasión del siervo y perdonó su deuda. Al salir del lugar, el siervo cuya deuda fue perdonada se encuentra con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata, y mientras lo estrangulaba, le exigía el pago de las cien monedas. El compañero pidió paciencia, más él siervo lo echó en la cárcel. Esta noticia llegó a los oídos del señor, quien después entrega al siervo despiadado a los carceleros hasta que pagara su deuda. ¡Qué historia poderosa! Primeramente, nos enseña que nosotros debemos tener misericordia con nuestro prójimo. También nos enseña que la deuda que tenga nuestro prójimo con nosotros es nada en comparación con la deuda que nosotros tenemos ante el Señor. La cien monedas que nos debe nuestro prójimo no se compara con las miles y miles de monedas de oro que le debemos al Señor. Pero otra enseñanza que podemos encontrar en esta historia es la falta del siervo al no reconocer la gracia que se le había extendido.  La suma de dinero que debía el siervo despiadado era tan grande, que ninguna paciencia o tiempo sería suficiente para pagar su deuda. Si este hubiese entendido eso,  su respuesta hubiese sido el declararse en bancarrota y haber pedido misericordia. Pero al pedir tiempo, este siervo ignorantemente pensaba que por sus fuerzas podía pagar su propia deuda. Por esa razón, cuando salió de la presencia del señor y se encontró con su compañero, fue despiadado. Al no ver la gracia que se le había extendido a él, no pudo extender gracia a otros. ¿Cómo se refleja esto en nuestra propia vida? Cuando nosotros llegamos a los pies de Dios, vemos que somos personas en bancarrota. No hay nada que nosotros podemos hacer para ganar el favor de Dios. Pero Dios ha tomado compasión con nosotros y nos envió a su Hijo para pagar la deuda de nuestro pecado. Ahora podemos disfrutar de una gracia abundante, en donde encontramos el favor de Dios no por nuestras obras, sino por la obra de Cristo. Pero si pensamos que de la forma que podemos pagar nuestra deuda es a través de nuestro esfuerzo y obras, no veremos la cruz de Cristo como gracia extendida a nosotros. Y no podremos ser misericordiosos con otros, porque como nos consideramos “buenos,” esperamos que otros sean buenos cuando se relacionan con nosotros. Que nunca olvidemos que ante nuestro Señor nosotros debemos declararnos en bancarrota. Es sólo por su gracia que podemos venir ante él porque nuestras obras no nos pueden recomendar. Y que no olvidemos que la misma gracia que fue extendida hacia nosotros, fue extendida hacia nuestro prójimo. Que el Señor nos enseñe a ser misericordiosos con todos.

Pedid, buscad y llamad

La oración es un privilegio tan grande. Yo creo que nunca vamos a entender lo grandioso que es el poder tener acceso total a Dios. Me acuerdo que cuando yo era pequeña, alguien me dijo que la oración es como una conversación. No sólo le hablo yo a Dios pero también debería dejarlo hablar a Él. Me acuerdo que un día me puse a orar en mi cama, con mis ojos cerrados y hablé con Dios. Cuando terminé dije, “Bueno, Señor, ya yo hablé, ahora te toca a ti.” Me quedé en pleno silencio. Y después de 5 minutos de no escuchar nada, abrí un ojo para ver si algo iba a pasar. ¡Me da tanta gracia eso! Obviamente, no era el estar en silencio el problema, o el problema no era que Dios no me podía hablar audiblemente, pero Su Palabra es la mejor manera para escuchar de él y saber cuál es su voluntad. En Mateo 7:7-8 Jesús dice, “Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá.Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre”. Jesús nos dice que pidamos. La persona que pide está consciente de su necesidad de algo. Muchas veces el pedir nos muestra cuán débiles y frágiles somos. El pedir nos muestra que nuestra necesidad no se puede llenar por nuestras fuerzas, si no que alguien tiene que llenar esa necesidad. Y ese alguien es Dios. El pedir nos hace dependientes de Dios y nos mantiene en un estado de humildad. Pero muchos de nosotros pedimos y nos quedamos en eso. Pero Jesús dice que “busquemos”. Que busquemos su contestación. ¿Alguna vez se te ha perdido algo valioso? Piensa en lo que hiciste para recobrar esa cosa. Rebuscas y buscas y rebuscas de nuevo y no te das por vencido hasta encontrarlo. El buscar te hace perseverante. Y muchas veces dentro de la búsqueda aprendes si verdaderamente lo que estás buscando tiene valor. Lo precioso de buscar es que encontramos la voluntad de Dios. Después de pedir y buscar, llamo. Cuando yo pienso en “llamar” pienso en una persona que está a la puerta de su amigo y llama su nombre. Y cuando no recibe contestación sigue llamando y llamando con insistencia hasta que te abren la puerta. El llamar es como insistir y preservar en la contestación de Dios hacia tu petición. Pero el llamar implica también esperar la voluntad de Dios. La puerta que se te abra quizás no va a hacer lo que tú quieres, pero va a ser lo mejor para ti. Así que es un constante ciclo. Pido, busco, llamo. Y cuando pido, recibo. Cuando busco, encontraré. Y cuando llame, se me abrirá la puerta. ¿Será que siempre pediré y recibiré lo que quiero? Quizás no…pero sabemos que lo que se nos dé, lo que encontremos o la puerta que se nos abra será mucho mejor que los planes que nosotros hubiésemos podido pensar para nosotros mismos.

Juzgar y reprender- ¿hay una diferencia?

¿Cuál es la diferencia entre juzgar y reprender? ¿Y cómo sabemos si estamos juzgando a la persona o si debemos traerles a su atención algo en particular? Mateo 7:1-6 es un buen filtro para saber la diferencia. Jesús dice, no juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes.Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes. ¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo?¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo?¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano. No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen; ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen.” Cuando juzgamos, formamos un juicio acerca de las motivaciones de la otra persona pensando que nuestro juicio es correcto. Tomamos el rol de Dios al asumir que sabemos el porqué de las acciones o pensamientos de los demás. Y al hacer esto, nos ponemos orgullosos al compararnos con la otra persona. Por eso Jesús dice que primero saquemos la viga de nuestro ojo. La mejor forma de sacar esta viga es recordándonos que nosotros somos pecadores y que si Jesús no hubiese muerto por nuestros pecados, estaríamos destinados al infierno. Esto debería ser más que suficiente para mantenernos humildes y agradecidos. Y empezaremos a ver nuestro pecado más grande que el de nuestro hermano. Después de sacar la viga de nuestro ojo, veremos con claridad para sacar la astilla del ojo de nuestro hermano. Así que no es malo reprender en amor a nuestro hermano, especialmente si vemos que sus acciones lo están conduciendo por el camino del mal. Santiago 5:19-20 dice, “Hermanos míos, si alguno de ustedes se extravía de la verdad, y otro lo hace volver a ella,recuerden que quien hace volver a un pecador de su extravío, lo salvará de la muerte y cubrirá muchísimos pecados.” ¡El reprender a un hermano puede salvarlo de la muerte! ¡Qué gran responsabilidad! Creo que muchas veces tenemos miedo de reprender o aconsejar a los demás por miedo de lo que dirán o porque quizás no estamos seguros de nuestras propias motivaciones. Sin embargo, Jesús dice que después de sacar la viga de nuestro ojo, podemos sacar la astilla del ojo de nuestro hermano. Hasta cierto punto es una responsabilidad que tenemos de exhortar a nuestros hermanos a hacer el bien y buscar la voluntad de Dios. Proverbios 27:6 dice que “fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece”. El que ama a su hermano, lo cuida. La reacción que tome tu hermano ante tu consejo es algo que tú no puedes controlar. Por eso Jesús también dijo, “No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen; ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen.” Lo “sagrado” y las “perlas” son el buen consejo. No todos van a apreciar un buen consejo. Y tratarán a ese consejo como un perro trataría algo sagrado o como un cerdo trataría unas perlas. Así que cuando te enfrentes con el dilema de si estás juzgando o si debes aconsejar, recuerda que primero sacas la viga de tu ojo (para no juzgar) y entonces podrás ver mejor la astilla de tu hermano (para poder reprender en amor).