Las Bienaventuranzas: “los que lloran”

En este pasaje Jesús dice, “Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (vs.4). A lo que se estaba refiriendo Jesús es que bienaventurado es aquél que se entristece y se lamenta de sus pecados porque esta tristeza traerá consigo arrepentimiento para salvación. Pablo explica esto de una forma más clara
cuando le escribió a los Corintios. Pablo les dice, “La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte. Fíjense lo que ha producido en ustedes esta tristeza que proviene de Dios: ¡qué empeño, qué afán por disculparse, qué indignación, qué temor, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para ver que se haga justicia!” (2 Corintios 7:10-11). Pablo lo que estaba diciendo es que la tristeza que proviene de Dios trae consigo salvación. Pero, ¿por qué dice Pablo que hay una tristeza que proviene de Dios? La tristeza de Dios se refiere a lo que se produce en nosotros cuando el Espíritu Santo nos hace consciente de cosas que hemos hecho en contra de la Palabra de Dios. Y cuando caemos en cuenta de nuestro pecado y nos arrepentimos, esto produce una tristeza en nosotros (que proviene de Dios) y vemos que somos pecadores en necesidad de un Salvador. Y este arrepentimiento lleva a la salvación, porque no sólo vemos nuestro pecado, pero podemos ver a un Dios más grande que nuestro pecado. Vemos que Dios es misericordioso porque nos perdona una y otra vez…y dentro de nuestro arrepentimiento y tristeza (de Dios) nos empeñamos por buscar la santidad. Y buscar la santidad produce buen fruto en nuestras vidas. Algunos ejemplos de esos frutos son los que menciona Pablo; empeño en buenas obras, afán por disculparnos, indignación ante nuestro pecado, temor reverente a Dios, anhelo por buscar la santidad y complacer a nuestro Señor, etc. Así que esta bienaventuranza nos recuerda que nuestro pecado nos lleva constantemente a la salvación porque nos lleva a la cruz. Y no sólo tenemos promesa en esta tierra de que seremos consolados, pero tenemos una promesa de que seremos consolados en el cielo. Esto a lo que me lleva es a decirle a Jesús, “¡gracias, gracias, GRACIAS!” porque él perdona mis pecados y no me trata de acuerdo a mis iniquidades. Verdaderamente,  somos bienaventurados aun cuando lloremos porque no hay mejor recordatorio que la obra de Cristo en la cruz. ¡Gracias Señor!

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